viernes, 11 de enero de 2013

Las dos muertes...

Como venida de ultratumba... retumbó. Sólo la fuerza de la vida es capaz de tal imprudencia geomotriz, pero precisamente era lo diametralmente opuesto. Y es que tanta muerte había en medio en ese momento, que era solamente carne entre los dos.

Las palabras eran inútiles para ella, como los pensamientos crueles para él. La certeza de la muerte ajena era tan fuerte, como el desconcierto y la confusión de un purgatorio propio. El zumbido no permitía cerciorarse de lo contrario, el sonido de su propio corazón le proporcionaba la cruel idea de haber sobrevivido a la catástrofe de su vida. Era polvo y nada más que polvo, tan denso que los interiores eran más seguros que la propia vista. Los músculos entumidos y la incapacidad móvil completaban el sentimiento de esclavitud.

Los segundos pasaron y la conciencia se recuperaba. El dolor se agudizó y la memoria como cortinilla teatral, presentaba la tragedia del recuerdo. Recordó. Aunque hubiera preferido no hacerlo. Algo se moría en su interior y no era ella. Alguien a su alrededor olía a muerte, y sin embargó ella sobrevivió.

Sólo una mano podía moverse, la misma que comprobó su situación. Amarga confirmación. La tierra en ese instante y en su posición, simplemente se retorció. Él encima de ella, muerto al protegerla, ella debajo con su vientre - sepultura, deseando encontrar una solución. Los dos se conectaron en un instante, él añorándole lo que ella buscaba con prisa y que, a final de todo... encontró. Sin ellos dos, vivir sería una muerte lenta y dolorosa. La misma mano libre que le mataba, fue la que le salvó.


martes, 2 de octubre de 2012

Mujeres flor de un día


Mujeres estantería, mujeres muñecas de repisa, coleccionistas de adagios, provocadoras de ridiculeces, seductoras frígidas, tentaciones condenadas al más triste de los olvidos, orgasmos no fructíferos. Mujeres flor de un día, inalcanzables hasta para ellas mismas, trofeos de macho alfa, cabezas de venado en la habitación de madera con chimenea de cazadores expertos.

lunes, 1 de octubre de 2012

Ese dulce y tormentoso abismo...

Cómo detener la impulsiva inercia de correr inexplicablemente al visible y tan anunciado precipicio. De qué manera se puede poner a salvo el corazón sin dejar de sentir el delicioso bálsamo de la pasión. Cuál es el paso que hay que medir en el sendero sinuoso de la entrega total. Cuántas veces hay que colgar la armadura en el zaguán antes de entrar al calor de una caricia. De qué modo salir ileso del fuego cruzado que la tormenta ha dispuesto en este valle de lágrimas.

No concibo el riesgo sin exponer los adentros. No le veo el caso a luchar sin que la vida me vaya en ello. No puedo quedarme en la orilla sin sentir el deseo estremecedor de lanzarme sabiendo que allá abajo, o quizás en la caída misma, encuentre aquello que estoy buscando. Porque no existe razón para contemplar el paraíso desde las alturas. El temor a equivocarse paraliza y estropea nuestras alas, que en ocasiones negamos y atrofiamos con la falta de interés en ser felices.

Ya he caído tantas veces persiguiendo la manzana. Ya he subido miles de cimas después de destrozarme con el duro golpe de la realidad. El esqueleto que se vuelve a tirar como un kamikaze ahora luce espantoso, pero la sonrisa del alpinista en acción, ilumina y mutila al instante la mirada confusa del temeroso. Estas piltrafas que buscan de nuevo ser poseídas y arrastradas por la gravedad, son sólo el resultado de lo aprendido en el viento que traspasa cada uno de mis poros en la caída. No lo pensaría dos veces. El vértigo es el oxígeno de una futura satisfacción, es el condimento y medicina contra la vejez. Ahora mismo voy cayendo, y aún percibiendo que el piso que me detendrá es más duro que mi voluntad, me arrojo sin medida y sin escatimo. Ya no tengo otro camino.

miércoles, 26 de septiembre de 2012

Ya he caído...

Me encuentro en el limbo de muchas cosas. Por una extraña fuerza estoy de pie aún. No sé por cuánto tiempo más pueda resistir mi coraje. Golpe tras golpe me he establecido en la esquina contra las cuerdas. Sudor y sangre atrás que no tiro un golpe. Espero la dulce derrota de caer y volver a levantarme.

lunes, 9 de julio de 2012

Algunas veces toca morir

¿Qué hacer cuando lo que toca es... morir?, ¿Que pensar cuando el papel que se adopta es el de víctima?. Tantas veces supe el sabor del remordimiento, muchas ocasiones en que el malo era yo. No sé qué hacer, a dónde ir. El instinto de sentirse el estúpido me llama, la puerta fácil del saberse idiota esta frente a mi nariz. El engaño tiene el mismo peso de la mentira, pero cuando se es el receptor... esto se magnifica. Sin embargo, es más cruel el sentimiento de culpa, que el dolor de la bofetada.


lunes, 9 de abril de 2012

Titingó

Aquella tarde nublada en la que se encontraba solo en el bosque, su vida cambió de manera tan repentina, que no alcanzó nunca a comprenderlo. Oscurecía entre la arbolada y temió no encontrar el camino de regreso. Caminó por la vereda que conocía y sintió alivio al ver las luces que en la lejanía, le anunciaban la cena en la mesa.

El cuerpo comenzó a dar serias señas de cansancio, pero la mente no.

Decidió, al ver que su problema de ubicación y alumbrado visual estaban practicamente resueltos, que podía con facilidad sentarse un poco en aquella roca y brindarle así, un merecido receso a sus piernas que ya avisaban con dolor, el requerimiento de calma.

Tras un momento de soledad y penumbra, no pudo más que llegar a ese punto en el que el ser humano abandona la superficialidad, arroja el traje mundano, se viste de gala y vuela a otras dimensiones, en las que no existe límite alguno: Profundiza, interioriza, introspecciona.

Fue un mar abierto de ideas. No pudo coger a tiempo alguna, no le alcanzó la velocidad de pensamiento para aferrarse a una sóla. Entro en un remolino de axiomas.

Todos aquellos años sin detenerse a pensar, cobraron su eterna factura. Aquel tornado sin fin y él era el centro.

Volaban como papel de colores en carnaval. Ya no había forma de controlar aquella tempestad. Inmovilizado, perplejo por el espectáculo, cuenta no se dio que fue perdiendo toda oportunidad de volver. Los ojos en blanco ahora, sin tensión nerviosa aparente, flácidos los músculos… un cuerpo más, tendido en aquél bosque en penumbra.

Un revoloteo de ideas bastó. Su mente, presa del desastre, sucumbió en pleno epicentro.

Abajo, las luces anunciaban la cena…